martes, 8 de mayo de 2018

CLARA MATEOS GUTIÉRREZ. "UNA VIDA MEJOR". PRIMER PREMIO. 3º Y 4º ESO. CURSO 2017-2018



La luz salía por el horizonte, pero yo llevaba despierto ya muchas horas. Caminaba en silencio con mi padre. Juntos pero solos. No hablábamos, cada uno iba perdido en sus pensamientos. Yo, por mi parte, imaginaba la nueva vida que tendríamos, la nueva casa, los nuevos amigos. Mi padre caminaba cada vez más rápido, ya era casi de día y tendríamos que detenernos. No era seguro caminar de día, así que nos escondíamos y parábamos a descansar. A papá no le gustaba descansar, decía que era una pérdida de tiempo, y que a ese paso nunca llegaríamos a nuestra nueva vida, pero no podíamos arriesgarnos a ser vistos, nos llevarían de vuelta a nuestro antiguo hogar, donde no queríamos volver.

Llevábamos muchos días caminando, perdí la cuenta en el día diez, porque no estaba seguro si después del diez iba el once o el doce. El día ocho cuando me dormí mamá todavía estaba con nosotros, pero el día nueve, cuando me desperté, había desaparecido. Papá dijo que ella ya había llegado a la nueva casa y a la nueva vida. Recuerdo que me enfadé mucho, ¿por qué ella ya estaba allí? ¿por qué ella ya había llegado y nosotros teníamos que seguir caminando? ¿por qué no nos había esperado? ¿ya no nos quería? Tardé varios años en darme cuenta de lo que en realidad había pasado.
En aquel entonces era muy pequeño, pero aún así podía darme cuenta de que papá estaba triste, aunque intentara disimularlo. Antes de que mamá se fuera, papá nos contaba todas las noches una historia mientras caminábamos, o tarareaba alguna canción que solía escuchar, o simplemente me cogía la mano y sonreía. Después del día nueve papá no volvió a hacerlo. Intentaba sonreír, yo le sonreía de vuelta, pero volvía a poner su mirada triste en la lejanía cuando creía que no miraba.
Era ya el momento de descansar. Papá encontró un escondrijo muy agradable, un hueco entre dos rocas que nos guardaba del viento helado y desde el que nos daba el sol. Ahí no tenía frío. No quería irme de allí para seguir caminando en la fría noche.
Aquel día, por primera vez desde que empezamos el viaje, me atreví a preguntarle a mi padre cuál era el lugar exacto al que nos dirigíamos. Él no me estaba mirando, no podía ver su cara, pero tuve claro que lo había sorprendido. Estuvo varios minutos en silencio y cuando se dio la vuelta pude ver que una lágrima había recorrido su mejilla. Intentaba sonreír, pero yo, con tan solo seis años que tenía por aquel entonces, ya me había dado cuenta de que algo no iba tan bien como había querido creer hasta ese momento. No dijo nada por un rato, solo me miraba, intentando decidir si era o no buena idea contestarme. Cuando se decidió a hablar, lo hizo con lágrimas en los ojos, pero con una sonrisa de verdad, de esas que no había vuelto a poner desde el día nueve. Dijo: “Nos dirigimos a una vida mejor.”
Después de eso no quiso hablar más, pero yo me di por conforme, al menos por un tiempo.
Poco a poco fueron pasando los días, cada vez hacía menos frío, pero yo no podía ver ningún avance. No tenía un mapa y no podía ver a dónde nos dirigíamos, pero cada vez estaba más convencido de que no llegaríamos a ninguna parte. El paisaje iba cambiando lentamente. Cada vez había más vegetación y, durante varias noches, caminamos a lo largo de un río. Habíamos pasado tantas noches caminando que poco a poco iba olvidando mi antigua casa. Los recuerdos se mezclaban con mis fantasías, y ya no sabía si mi casa había tenido un asombroso tobogán desde mi ventana o un terrorífico sótano con cascos y máscaras graciosas que había que ponerse algunas noches. No podía recordar a mis amigos, uno era muy gracioso, de eso estaba seguro, pero no podía recordar si tenía o no la piel verde y unas pecas rojas muy graciosas. Tenía una vecina a la que le gustaban mucho los animales, sobre todo los perros, los dragones y los pájaros gigantes.
Muchos días después papá anunció que habíamos llegado, y tenía razón. Detrás de una alta alambrada había muchísima gente, todos estaban muy juntos y no parecían muy contentos, pero había niños con los que podría jugar. Ninguno tenía la piel verde y pecas rojas, tampoco había ninguna casa con un tobogán enorme y nadie tenía de mascotas a dragones o a pájaros gigantes, pero aquello era mucho mejor que lo que habíamos dejado atrás.
Han pasado muchos años ya desde entonces y hace tiempo que comprendí el motivo real por el que dejé mi casa. Hay gente mala en el mundo que me arrebataron mi hogar y a mi familia, pero también hay gente buena, que me ayudó a encontrar mi nueva casa y que se convirtió en mi familia. Mi padre tenía razón, nos dirigíamos a una vida mejor.





DENÍS IZQUIERDO MARTÍN. "LAS LOCAS PLANTACIONES DEL GRANJERO". PRIMER PREMIO. 1º Y 2º ESO. CURSO 2017-2018


En mitad de una pradera en Texas, había una pequeña granja. En ella vivía un granjero de apariencia robusta y desgastada, que era vegetariano y por lo tanto no tenía ningún animal en la granja, a excepción de su perro, Ladridos. Tenía un pequeño huerto, en el que cultivaba todo tipo de plantas para alimentarse.
Un día salió de su casa dirección al pueblo, que se encontraba al sur, para comprar sus semillas, cuando llegó se percató de que la tienda a la que iba siempre estaba cerrada. Desesperado por la situación, preguntó a un vagabundo que había junto a la tienda, si conocía algún otro lugar cercano donde poder comprar sus semillas y éste le habló de una tienda no muy lejana, al norte. Así pues, fue allí, la tienda tenía un aspecto derruido y estaba oscura, al entrar, preguntó por las semillas y el dependiente, que era muy extraño, se las entregó. De camino a casa, se dio cuenta de que las semillas que acababa de adquirir eran diferentes de las que solía plantar, pero no le dio demasiada importancia y las plantó de todas formas. Pasado un tiempo empezó a suceder algo extraño en la tierra y de repente salieron del suelo dos patatas que, además de ser verdes tenían vida, las hortalizas extrañadas y sorprendidas por hallarse en un lugar desconocido para ellas, decidieron irse, pero entonces, el perro que estaba por allí, las vio y comenzó a ladrar, el granjero, sobresaltado, salió a comprobar lo que ocurría, encontrando así a Ladridos moviéndose alrededor de las asustadas hortalizas. Hubo un momento de calma y expectación y tras sus gritos, empezaron a correr, mientras el perro y el granjero les perseguían con intención de alcanzarlas para poder encontrar una explicación al suceso. Las hortalizas, muy hábiles, encontraron un lugar donde ocultarse de los que, a sus ojos, parecían gigantes perseguidores. Asustadas y en silencio, esperaron el momento oportuno para poder salir de allí, entonces apareció una pareja de ratones sobre los que montaron para huir del lugar, que suponían, los ratones conocerían a la perfección. El granjero sin saber muy bien lo ocurrido tras la fuga de las hortalizas, siguió buscando sin éxito.
El sol se escondía tras las montañas, llamó a Ladridos y mientras se dirigían a casa se planteó la idea de que las plantas que cultivaba y comía tenían vida propia y sentimientos, pero suspiró y decidió dejarlo en que era imposible y que quizá hubiera sido solo fruto de su fantástica imaginación.

NATALIA TORRE DÍAZ. "EL VIAJE INESPERADO". ACCÉSIT. 3º Y 4º ESO. CURSO 2017/2018


Cuando yo era niña soñaba en viajar a un mundo lleno de árboles, pero no árboles cualquiera, estos no tenían ramas que van de un lado para el otro con hojas verdes que se caen en otoño, estos eran...
En una cálida tarde de verano, donde el sol calentaba las aguas de los ríos que fluyen por la ladera y desembocan en una piscina natural, estaba yo sentada en mi hamaca debajo de un árbol cualquiera viendo como los niños disfrutaban de sus flotadores de plástico y lamentándome de mi infancia perdida.
Pasaban las horas y yo seguía en la misma posición. Ya notaba como el lado derecho de mi cara se empezaba a quemar gracias al sol tan radiante que estaba ese día, y decidí marcharme.
Al llegar al cruce más próximo, el sol empezó a desaparecer tras unas nubes negras que venían del este. Cuando me dispuse a mirar si venían coches, un rayo cayó enfrente de mi y me nubló la vista. Tras pasar cinco minutos de este magnífico fenómeno, recobré la vista de nuevo y me dispuse a seguir. Ya no estaba en el mismo cruce de antes, con ese sol tan luminoso escondido tras unas telas negras. Me encontraba en el sitio menos esperado, en un lugar que estaba siempre presente en mis sueños de pequeñita.
Se caracterizaba por que los árboles no eran como los que te encuentras plantados en la acera de tu calle, o en el parque, ¡no!. Estos no tenían ramas que van de un lado para el otro con hojas verdes que se caen en otoño, estos eran mucho más grandes y bonitos, con el tronco de caramelo y en su parte más alta, un enorme algodón de azúcar de diferentes colores.
En ese momento no me creía nada de lo que mis ojos estaban viendo, pero me picaba la curiosidad de subirme a uno de esos árboles y probar ese delicioso y apetecible algodón.
Me puse a mirar de un lado a otro a ver si encontraba algo donde subirme para poder alcanzarlo, pero no veía nada, así que decidí escalarlo.

lunes, 7 de mayo de 2018

CELIA TEJERINA TOMÉ. "BRILLANTINA". ACCÉSIT. 1º Y 2º ESO. CURSO 2017/2018



Mi nombre es Katie, soy una chica de veinticinco años, apasionada de la música y el baile, amante de los libros y un desastre total del orden y la limpieza. Resido en la región central de Suecia, en la bella ciudad de Estocolmo.
Mi familia se dedica a la elaboración de gran variedad de panes y dulces artesanales, negocio creado por mis bisabuelos y que a día de hoy, sigue en funcionamiento gracias al trabajo y esfuerzo de mis padres. Ellos soportan diariamente jornadas laborales de hasta doce horas y no tienen días de descanso. Siempre fui, soy y seré su mayor admiradora, pues son el vivo ejemplo del sacrificio. Desde muy pequeñita siempre soñaba con ser una gran bailarina y me pasaba las horas frente al espejo practicando nuevos movimientos y dejándome llevar por la imaginación. Los días que no tenía colegio, ayudaba en casa amasando pan o vendiendo dulces, pero mis pies no podían parar de moverse, por eso me apodaron “Brillantina”.
Con tan solo seis años mis abuelos me regalaron mi primer vestuario de danza y me apuntaron a la prestigiosa “Royal Academy” dirigida por la famosa coreógrafa Marie Willians. Tan sólo había diez plazas para un total de 500 aspirantes. Todas las niñas llevaban meses preparando las pruebas de acceso para conseguir ser una de las elegidas, pero ese no era mi caso, ya que yo practicaba sola en casa y sin ayuda de nadie.
Y llegó tan esperado momento: “apenas había dormido en toda la noche, la cabeza me estallaba, mi voz se cortaba, mis piernas temblaban y mi mirada se nublaba.”
De repente escuché mi nombre, era mi turno...



Al cabo de un mes, llegó una carta certificada a casa. La remitente era Marie Willians, directora de la Academia. Era la comunicación de que había sido seleccionada. Mi madre no pudo contener su emoción al leer la carta y rápidamente las dos nos fundimos en un fuerte abrazo. Sabía que eran buenas noticias.
En esta academia pasé los primeros seis años de mi carrera profesional, compaginando estudios y baile. Pero no todo fue tan fácil como parecía; pronto llegaron las envidias y desprecios por parte de algunas compañeras: Alison, Charlotte y Megan, las chicas más populares. Sus burlas eran continuas, sus bromas pesadas, sus insultos groseros y su comportamiento inadecuado.
Apenas quedaba una semana para la actuación final “City of Stars” y yo fui la elegida como bailarina principal junto a Charlotte y Megan, como secundarias. Había trabajado duro para conseguirlo. Pero algo lo impidió:
En uno de los ensayos finales, Megan había colocado en mi sitio del escenario una pasta deslizante, y cuando me proponía a dar el salto final, mi cuerpo se precipitó al vacío y caí desplomada al suelo desde una altura de dos metros. Cuando me desperté estaba en el hospital...
Había pasado dos semanas en la UCI y todo empezaba desde cero. El fuerte impacto sufrido me hizo perder el 15% de la movilidad de mi cuerpo y los médicos me aconsejaron dejar el baile. Fue el peor momento de mi vida.
Con 15 años y tras casi tres de intensa lucha, yo, “Brillantina” vuelvo a los escenarios y como bien indica mi nombre, brillé como una estrella. Mi tesón y fuerza me llevaron a conseguir una beca en el “Théâtre des Variétés” de París y fue mi gran salto a la fama. Empecé a ser una conocida bailarina y viajé por los mejores teatros del mundo.


Actualmente, y tras años fuera de Estocolmo, regresé a casa junto a mis padres. Mi madre enfermó de cáncer y me necesitaba a su lado.
Ahora, soy yo la directora de la “Royal Academy”, aunque su nombre fue sustituido por “Royal Brillantina Academy” en honor a mi trayectoria. Desde mi llegada, cambié por completo las normas de funcionamiento interno, para que ninguna de mis alumnas pasaran por lo que yo pasé. Juntas, formamos una gran familia y aprenden los verdaderos valores de la vida: respeto y educación hacia los demás.


jueves, 15 de marzo de 2018

XIV CERTAMEN LITERARIO CAÑADA REAL-MANUEL IBÁÑEZ PASTOR


XIV CERTAMEN LITERARIO CAÑADA REAL-MANUEL IBÁÑEZ PASTOR

(Cañada: camino natural frecuentado por los ganados trashumantes.)
María Moliner, Diccionario de uso del español)

Buscando la tradicional vinculación de este certamen con la literatura de viajes, el Departamento Socio-lingüístico del I.E.S.O. Quercus convoca el
XIV Certamen Literario Cañada Real
con las bases que siguen:
Podrá participar todo el alumnado del I.E.S.O. Quercus de Malpartida de Plasencia.
Los textos deberán presentarse en DIN-A4, con una extensión mínima de treinta líneas, mecanografiados a doble espacio.
En esta ocasión será vuestra imaginación la que viaje, nosotros con ella, donde vosotros queráis, pues el tema del relato es libre.
Los trabajos deberán ser inéditos. La participación se realizará mediante el sistema de plica: el sobre se depositará en un buzón habilitado al efecto en la Conserjería del Centro. En dicho sobre se hará constar XIV Certamen Cañada Real así como la categoría por la que se participa. Dentro del sobre se incluirá el relato con seudónimo y un sobre más pequeño. En el exterior de este sobre más pequeño se escribirá el seudónimo y en el interior se incluirá una ficha con los datos personales del alumno (nombre, apellidos y grupo).
La fecha límite para la recepción de trabajos es el 18 de abril
Se establecen un primer premio y un accésit en sendas categorías correspondientes la primera, a los alumnos de 1º y 2º de E.S.O; la segunda categoría, a los alumnos matriculados en 3º , 4º y 2º de PMAR. El primer premio de cada categoría tendrá un valor total de 80 euros (50 en metálico y otros 30 en un vale para material escolar). El accésit de cada ciclo será de 25 euros. Los premios constarán de su correspondiente diploma acreditativo. El fallo se hará público el 27 de abril, Día del Centro, en la Biblioteca.
Los concursantes ceden sus derechos a la Dirección del I.E.S.O. Quercus para la posible edición de los textos, tanto en publicaciones del Centro como ajenas al mismo, en todo caso sin ánimo de lucro.
La participación en el concurso supone la total aceptación de las bases antedichas, aplicadas por un jurado constituido por los profesores del Departamento Sociolingüístico cuyo fallo será inapelable. Los relatos ganadores lo serán por unanimidad o al menos con el voto de una mayoría de 7 miembros del jurado. En su defecto los premios se podrán considerar desiertos. El jurado se reserva la posibilidad de hacer menciones especiales con diploma pero sin dotación económica.
Cualquier duda que pudiera surgir sobre las presentes bases se puede consultar con los profesores del Departamento Sociolingüístico.
Un año más nuestro patrocinador será Manuel Ibáñez Pastor (Don Manolo), antiguo profesor de Sociales del centro.
Malpartida de Plasencia, 15 de marzo de 2018 - Departamento Sociolingüístico ( I.E.S.O. Quercus)


miércoles, 17 de mayo de 2017

JULIO CÉSAR NORA RUBIO. "RELATO SIAMÉS". PRIMER PREMIO. 3º Y 4º ESO. CURSO 2016-2017

EL LADO OSCURO DEL BIEN

Estaba tumbado en la cama de la tercera planta, mirando a través de los cristales como la Via Orifici de Milán se teñía del color cenizo de la noche. Había pasado la mañana en el box de urgencias, hasta que los calmantes que le habían suministrado consiguieron aminorar su dolor. Quizás esa noche podría dormir un poco. Fue entonces cuando el sonido de la manilla de la puerta, dando paso a la figura atlética del doctor que le había atendido, le devolvió a la fría habitación de la clínica.
––Tras las pruebas que le hemos practicado esta mañana, hemos detectado una anomalía. ¿Podría explicarme usted el origen de la cicatriz que tiene en el costado?
––Un accidente de tráfico siendo muy pequeño.
––¿Está usted seguro?
––Eso es lo que siempre me han dicho. Intuyo que tiene usted otra explicación, y desearía escucharla.
––Hemos observado en las radiografías que usted tiene tres riñones.
––¿Cómo dice?
––Eso es lo que yo esperaba que usted me pudiese aclarar. El hecho de esa anomalía junto con su cicatriz en el costado, me induce a que usted sea un gemelo, más concretamente siamés.
––No…no sé qué decirle doctor. Es lo primero que escucho al respecto. Pero, ¿es grave lo que tengo? ––Titubeó con una mezcla de miedo y desconcierto en la voz.
––En principio no. El hecho de que no se le haya detectado nada hasta ahora indica que sus riñones funcionan de manera correcta, independientemente de que tenga uno más que el resto de las personas; de hecho, el cólico que sufre no tiene relación alguna con ese tercer riñón, ya que no es un órgano completo, por lo que le tendremos esta noche en observación, y si todo continúa según lo previsto, mañana mismo podrá marcharse a su casa.
El médico se dio media vuelta y su bata blanca se perdió con el cierre de la puerta.

Alrededor de las once de la mañana, Giancarlo Carolini abandonaba la clínica de la Via Orfici agarrado del brazo de esposa, Francesca Tabanelli. El señor Carolini era un refutado abogado en Milán, de los mejores, hijo único de una familia bien posicionada… o eso había creído él siempre. Sin embargo, el parte médico le había hecho dar muchas vueltas en aquel duro colchón de la clínica, pensando quién era realmente, y por qué sus padres jamás le habían dicho nada acerca de que tenía un gemelo. Sin poder remediarlo, había nacido en lo más profundo de su ser, incontenible como la mayor de las tempestades, el irrefrenable deseo de dar con su hermano; y para ello sabía que primero debía someterse al arduo trabajo que supondría extraerle información a su madre, una mujer recta, de ideas firmes y muy poco dada a los sentimentalismos.

A la tarde siguiente, Bianca se presentó en el piso de la Via Giusseppe Mengoni de su hijo. Maquillada y con el pelo oscuro bien recogido, pasó, apoyándose delicadamente en su bastón, a través de un amplio corredor hasta el luminoso salón, donde, sentado en su sillón orejero, aguardaba Giancarlo. Sus gafas permanecían en el arco de su nariz aguileña, dirigiendo la mirada hacia su regazo, donde sostenía un ejemplar de “El nombre de la Rosa”.
La mujer se aproximó a su hijo, quien levantó la vista al percibir sus pasos. Los ojos aceitunados de ella parecían haber abandonado la frialdad de su carácter, y se difuminaban en ellos una especie de ternura maternal que pocas veces Giancarlo había visto.
––¿Cómo estás hijo? ––dijo preocupada, a la vez que tomaba asiento en uno de los sofás de piel.
––Algo mejor; aún tengo muchos dolores, pero el doctor me dijo que no debía preocuparme demasiado por ello. En veinte días aproximadamente habrá pasado todo.
––Me alegro mucho de que tan solo haya sido un susto. Por cierto, ¿dónde está Francesca?
––Está en su despacho, trabajando con su nuevo libro.
La mujer asintió. En ese momento, Giancarlo dio comienzo a su plan.
––Han descubierto que tengo tres riñones… y junto con la cicatriz del costado, el médico me comunicó que todo conducía que era siamés. ––lo soltó sin contemplaciones, y sin tan siquiera levantar la vista de las hojas del libro.
––Fue un accidente de tráfico. No lo recordarás porque eras un bebé, pero fue así.
––No, madre. A mí pudisteis mentirme durante toda la vida, pero el dictamen de la clínica no admite otro tipo de explicación. Será mejor que me cuente la verdad. ––retiró el libro con parsimonia y giró el cuello hasta clavar sus ojos en los de su madre. Entonces su voz se tornó piadosa. ––¿No crees que merezco saber quién soy?
––Siempre supe que este momento llegaría. Quise contártelo tantas veces, Giancarlo… mi conciencia me atormentaba, pero siempre había algo que me impedía hacerlo.
Los labios de Bianca empezaron a temblar, y dos lágrimas iniciaron el descenso por sus rugosas mejillas.
––Yo era incapaz de quedarme embarazada, y llevábamos años tras ello, de manera que tu padre y yo decidimos… ––su voz estaba quebrada, y un atisbo de vergüenza corría por ella–– adoptar un niño. Fuimos hasta el convento de las hermanas Benedictinas de San Antonio, donde estaba una tía de tu padre, y allí te encontramos a ti, hijo de una madre soltera. Tenías un hermano…no quise saber el nombre de aquella pobre criatura, pero tenía un aspecto muy demacrado y la madre superiora…–––apretaba los ojos con fuerza––– la madre superiora Filippa nos advirtió de que su salud era muy débil, sin duda debido a la operación para separaros; de ahí que tú tengas tres riñones.
Giancarlo escuchaba atónito, con un nudo en la garganta y otro en el estómago. La voz de Bianca se vio reducida a un hilo.
––Pudimos habernos llevado también a tu hermano, pero no lo hicimos… y os separamos.
Su hijo se puso en pie con cierta dificultad y abrazó a su madre.
––Necesito que me digas en qué lugar exacto me cogisteis.
––Fue en Florencia, en el centro… muy cerca de la catedral. Recuerdo que el hotel en el que pasamos la noche era el Benivieni, y estaba a pocos metros del convento.

Una hora más tarde, con los ánimos más calmados, y después de un café con pastas, Bianca se despidió de su hijo y Francesca llegó a casa.

Faltaban minutos para las once y media de la noche, y Giancarlo y Francesca estaban en la cama, hablando sobre lo que la madre de éste le había confesado.
––Cariño, necesito que me reserves un vuelo a Florencia para salir en cuanto el cólico haya remitido; tengo que dar con mi hermano como sea; sé que está en alguna parte.
––De acuerdo. Me gustaría mucho acompañarte, lo sabes bien, pero la editorial me exige el libro para poco más de un mes y voy mal de tiempo. Lo siento mucho.
––No te preocupes; te mantendré al tanto de lo que ocurra. Y gracias por todo, Francesca. ––Le susurró al oído antes de besarle con pasión en sus tiernos labios.

Era el día 20 de mayo, y veinticinco días después de ingresar en el box de urgencias de la clínica de Milán, Giancarlo Carolini embarcó en el avión con destino a Florencia.
Al salir del aeropuerto, un taxi le trasladó hasta la puerta del hotel Sina Villa Medici. Allí dio cuenta de una ostentosa cena, y ya en su cama, después de darse una ducha de agua fría, buscó en su teléfono el convento de San Antonio. Guardó la dirección de la referencia y se recostó para dormir.
Los rayos de sol de la mañana aporreaban ya al sueño de Giancarlo Carolini. Tardó en dormirse, pero sin duda, a las nueve de la mañana, se encontraba muy descansado. Se puso en pie y se enjuagó los ojos con el agua tibia del lavabo de mármol; acto seguido se enfundó su traje gris de Gucci y se anudó la corbata. Cogió la cartera y el móvil de la mesilla y lo llevó hasta el bolsillo interior de su chaqueta. Repasó con pulcritud la raya de su cabello canoso y salió por la puerta de su habitación.
Caminó a lo largo de la calle y pasó junto a la asombrosa catedral renacentista. Siempre había admirado esa época, sin duda la más próspera del país italiano, que bautizó a eminencias como Rafael, Miguel Ángel, Da Vinci o Brunelleschi entre otros. Absorto en todas esas ideas, se detuvo frente al convento de San Antonio, un edificio de tres plantas y de estética puramente renacentista.
Llamó con los nudillos a la puerta. Tres golpes. De inmediato se abrió y emergió tras ella una figura pequeña, envuelta en los característicos hábitos blanquinegros.
––Buen día. ––saludó una voz brillante––¿Qué desea?
––Me gustaría hablar con la madre superiora Filippa.
––Lo lamento mucho, pero nuestra hermana Filippa nos dejó hace cuatro años. ––dijo con voz quejumbrosa. ¿Qué desea?
––Mi madre biológica me abandonó en este convento junto con mi hermano, y mis padres me adoptaron a mí, aunque mi hermano se quedó aquí. Quiero saber que es de él.
––Se equivoca. ––torció su gesto y su tono se enfrío radicalmente. ––Eso nunca ha pasado aquí.
Sin más palabras que esas, y dando por finalizada la conversación, la novicia cerró la puerta.
Giancarlo quiso decir algo, pero se limitó a mascullar un improperio entre dientes. Regresó al hotel, donde, sentado en una de las mesas del bar, esperando a que el camarero le sirviese un Martini, llamó a su mujer.
––¿Qué tal ha ido, cariño? ––se interesó la siempre dulce voz de Francesca.
––Mal, muy mal. En el convento una de las monjas me ha dado con la puerta en las narices nada más preguntar por mi hermano. ––comentó indignado, en un tono de voz un tanto elevado, aprovechando que el bar estaba prácticamente vacío.
Entonces el camarero dejó la copa de su bandeja sobre la mesa y se retiró. Giancarlo continuó hablando por más de quince minutos mientras daba unos sorbos al Martini.
Estaba echándose la noche encima, permanecía sentado en su cama, en posición reflexiva, pensando en cómo podría avanzar ahora en la búsqueda de su hermano, cuando un papel se coló por debajo de su puerta. Con gran desconcierto la abrió, pero en el pasillo solo estaba esa alfombra azul turquesa. Desplegó la nota:
Puedo ayudarle con lo del convento. Acuda mañana a las 12:00 al número 37 de la Via dei Banchi.
No logró salir de su asombro hasta el momento en que, al día siguiente, se dirigía al lugar citado. Sabía que, fuera verdad o no, esa era su última carta.
Las circunstancias no dejaban de asombrarle. Custodiando la puerta del número 37 estaba el mismo camarero que le había servido el Martini.
––Ha venido. ––comentó a modo de saludo, dibujando una sonrisa gatuna en su cara; y averiguando la expresión de incredulidad en el rostro de Giancarlo Carolini–– No seré yo quien le ayudé a lo que sea que busque, sino mi tío, él vivió mucho tiempo en aquel convento. ––bajó un poco la voz–– escuché su conversación por teléfono y recordé todas las historias que mi tío me contaba de pequeño sobre el convento.
Giancarlo se limitó a asentir, acompañando el gesto levantando la mano, a modo de absolución. Los dos hombres subieron por las pequeñas escaleras hasta la segunda planta.
La puerta estaba entreabierta y pasaron al hall.
––Tío Tomasso, aquí está el hombre del que le he hablado. ––voceó hacia el salón. Se volvió a Giancarlo–– Yo me tengo que ir, aquí le dejo.
Cerró la puerta y se perdió escaleras abajo el joven camarero, y una voz osca le invitó a pasar. Frente a él tenía a un hombre entrado en años, sin apenas pelo en la cabeza y con una barba descuidada. Se sirvió una copa de limochello, encendió un pitillo y se sentó en un ajado sillón, invitando a Giancarlo con la mano a que hiciera lo mismo en el otro sillón.
––Mi sobrino me ha comentado que está usted interesado en mi historia––Inquirió.
––Me llamo Giancarlo Carolini y busco respuestas. Hasta donde yo sé de mi vida, mi madre nos dejó a mí y a mi hermano siamés en el convento de San Antonio, aquí. Le buscó a él. Nos separaron cuando me adoptaron y me llevaron a Milán.
––¿Usted es Giancarlo? Podría decirle que le conozco, recuerdo su caso. Su hermano Giacomo no pudo superar la operación ni, por supuesto, que lo adoptaran a usted. Yo era un adolescente más allí, en busca de alguien que nos salvara de aquel infierno.
Fue un duro golpe para Giancarlo, sus ojos se nublaron; él albergaba la esperanza de que su hermano estuviese vivo, aunque fuese en malas condiciones. Pese a ello, se recompuso y volvió a hablar.
––Me gustaría ver su tumba.
––Mucho me temo que eso será imposible. ––Tomasso dio una profunda calada y apuró su vaso; cerró los ojos, como si tuviera un profundo dolor interno. Su voz se rasgó.
Durante los quince años que viví en aquel convento, vi cosas que no se encuentran ni en el mismo infierno, se lo aseguro. Mal alimentaban a los niños, el dinero que se suponía que era para ayudarnos, lo utilizaban para su propio bien. Nosotros no éramos niños olvidados, sino hambrientos y con familias que nos querían…pero ellas decidían quienes vivíamos y quienes eran adoptados, quienes caerían en el olvido y quienes serían importantes, ellas que defienden la igualdad de todos ––soltó un largo suspiro. Aquello le dolía mucho; habían pasado más de cuarenta años, pero esa herida aún seguía abierta.
––Pero esto que me está contando es… es… sencillamente brutal, y totalmente perseguible, ¿qué ocurría con los niños que fallecían, por ejemplo, Giacomo?
––Eso no lo sé… sé que desaparecían en la misma noche y jamás sabíamos dónde podían estar, pero del convento no salían. Deben estar allí, y por su descanso final, los deberíamos encontrar.
Desde que salí de aquel convento no he vuelto a pisar una iglesia, ni a santiguarme y se me revuelve el estómago cada vez que veo a alguna monja por la calle. Y sé que, por fortuna, no todas obran de la misma manera, pero, ¿cómo puedo creer en un Dios que permite estas cosas? ¿cómo voy a confiar en ninguna clériga, si he visto a decenas de ellas dejando morir y enterrando niños con sus propias manos?

Giancarlo estaba mudo, y los vellos de su brazo, pues las mangas estaban arremangadas, parecían estacas. Tomasso abrió de repente los ojos, y aquel azul intenso se veía entorpecido por un rojo que amenazaba con comenzar a desbordar lágrimas.

Salió de aquel piso con la mayor impresión de su vida, no sin antes agradecerle el enorme esfuerzo al señor Tomasso. Estaba vivo por pura casualidad; perfectamente podía haber sido él quien hubiera quedado mal en la operación, y no su hermano, y hubiera sido él quien habría sufrido el trágico final que les brindaban aquellas monjas.
Sacó el teléfono de su bolsillo y marcó a un detective privado. Le puso al tanto de la situación de aquel convento y le exigió que llegara al final de todo, costase lo que costase. El dinero no le importaba lo más mínimo.
Llamó a su mujer y la avisó de que regresaría esa misma tarde a casa.
Ya en el hotel recogió sus maletas y se despidió del barman, que estaba trabajando.
Salió con su pequeña maleta, cuyas ruedas rebotaban en el empedrado de las calles.
Su sensación era extraña; sentía que, en cierta medida, impartiría justicia, y gente como Tomasso quedaría en paz, aunque, por otro lado, jamás conocería a su hermano, pues aquellos que defendían el bien en el mundo, se lo habían arrebatado.


Años más tarde:
HALLAN UN GRAN NÚMERO DE NIÑOS ENTERRADOS EN UNA FOSA COMÚN BAJO EL CONVENTO DE SAN ANTONIO, EN FLORENCIA.
Al menos 800 niños de entre 35 semanas de gestación y 10 años, fueron hallados en 20 cámaras distintas del antiguo orfanato de las monjas benedictinas del convento florentino de San Antonio.

(Adaptación de una noticia real)



RAQUEL MATEOS RODRÍGUEZ. "PAOLO". PRIMER PREMIO. 1º Y 2º ESO. CURSO 2016-2017

CORRE
Era una mañana del mes de septiembre, Paolo estaba preparándose para ir a misa. Acompañaría a sus padres a la iglesia y, después de escuchar al sacerdote, correría hasta alcanzar la tienda de chucherías. Después de comprar, iría junto con Carlo y Stefano, sus mejores amigos, a la plazuela de Pablo II, donde se reunirían con Gina, Bianca y la espectacular Isabella. Paolo llevaba mucho tiempo enamorado de Isabella. A ella simplemente le llamaba la atención él, pero eso Paolo no lo sabía.
La mañana de domingo transcurrió tal cual. Cuando Paolo llegó a casa, le esperaban sus padres con la mesa puesta. Nina, su doncella, había preparado un guiso exquisito.
Después de comer, Paolo fue a su habitación a preparar las cosas para el día siguiente, empezaban las clases, siempre había sido un chico muy listo y con ganas de trabajar. Al fin y al cabo, no le quedaba otra, debía seguir los pasos de su padre y convertirse, cuando llegara la hora, en su sustito, como jefe del bufete que su abuelo había levantado con sudor y lágrimas. Pero, en realidad, no era el inicio de las clases lo que tan feliz ponía a Paolo, sino, el ver a Isabella todos los días. Además, empezaba el curso de atletismo, llevaba corriendo desde que tenía cinco años y, era lo que verdaderamente le apasionaba. En esos nueve años, había ganado carreras, torneos, campeonatos e incluso había llegado a correr un medio maratón.
El lunes fue un día duro, le mandaron un montón de deberes y le pusieron fecha para todos los exámenes del mes. Cuando terminó los deberes, fue al entrenamiento.
Cuando Paolo llegó al entrenamiento y vio a Geovanni, su entrenador desde que había llegado a Italia, se tiró a él y le dio un gran abrazo.
Paolo había nacido en España, sus abuelos maternos se mudaron allí hacía ya tiempo. Su madre se había criado allí, aunque había a conocido a Franccesco Bravar, el padre de Paolo, en Italia. Luciana Garzón y Franccesco Bravar se casaron en Marbella, y un año después tuvieron a Paolo. Cada verano, iban a España de vacaciones, y Paolo veía en la tele el campeonato del mundo sub 16 de atletismo, en el que participaba la selección española. Su sueño era ser participante de esa competición y hacerlo con la selección de su país nativo.
Geovanni llevaba todo el curso anterior preparando a Paolo para hacer las pruebas para entrar en la selección española de atletismo. Pero quedaba lo más difícil, convencer a sus padres de mudarse con sus abuelos a España durante solo un año, y cuando terminase el campeonato volver a Italia. Sus padres decían que iba a ser muy difícil para ellos estar lejos de él durante tanto tiempo. Pero no entendían que Paolo también se iba a sacrificar, iba a dejar de ver a sus amigos y a Isabella durante un año, no era nada fácil, pero valía la pena, iba a cumplir su sueño.
Paolo y Geo estuvieron hablando y, el entrenador, le prometió que viajaría con él a España y que convencería a sus padres. Así lo hizo.
Paolo saltaba de alegría. Al día siguiente en el colegio, se lo contó a todos sus amigos. Sentía que ya nada le podía detener, iba a cumplir su sueño y, nada ni nadie lo impedirían.
Paolo lo consiguió, entró en el club español.
El miércoles 20 de febrero, Paolo había salido mas tarde del colegio, ya que había tenido un examen y le habían dado unos minutos más para repasar. Había comido muy rápido, pero aún así había salido más tarde de casa e iba a llegar quince minutos más tarde de lo normal a atletismo.
Paolo era un chico muy puntual y no le gustaba llegar tarde, así que echó a correr.
De repente, se paró en seco y se tiró al suelo, sentía un dolor muy fuerte en la pierna, nunca había sentido nada igual. Paolo había tenido lesiones anteriormente, pero lo que sentía no era nada parecido. Llamó muy asustado a Geovanni. Paolo empezó a sentirse mal y perdió el conocimiento. Cuando Geo llegó, llamó a una ambulancia y a los padres de Paolo. Cuando recuperó la conciencia, le hicieron una resonancia. Sus padres y Geo estaban esperando muy nerviosos. El médico llegó, todos se levantaron, lo primero que dijo fue que lo lamentaba y que debía darles una mala noticia. Habían detectado a Paolo un tumor en la pierna. Tenían que realizar una intervención cuanto antes, para ver cuál era la extensión del tumor. Pero ahí no acababa todo, cabía a la posibilidad de tener que amputar la pierna a Paolo. Cuando Geo escuchó las palabras del médico se derrumbó. El médico les avisó de que Paolo ya lo sabía todo, y le había pedido que le intervinieran al día siguiente, así todo pasaría más rápido.
El entrenador y los padres de Paolo fueron a visitarle a la habitación. Paolo era un chico fuerte, y no estaba dispuesto a rendirse. Sólo pidió a Geovanni que lo que le estaba pasando no fuera ningún obstáculo. Ya estaba en la selección y nadie podía arrebatarle ese puesto. Prometió a su entrenador que correría la carrera hasta con una pierna. Que todo se acabara no entraba en sus planes y no iba a permitirlo, pero en ese momento más que nunca necesitaba la ayuda de Geo.
La intervención se realizó el día siguiente. Los médicos decidieron que lo mejor sería amputarle la pierna a Paolo, ya que, el tumor se había extendido hasta la rodilla. Debían darse prisa, no podía extenderse más. Dos días más tarde, le amputaron la pierna. El tumor desapareció.
A la mañana siguiente, Luciana se levantó muy temprano y fue a ver a su sacerdote. La madre de Paolo pertenecía al “Opus dey”, y tenía un pensamiento muy cerrado hacia lo que no era la Iglesia. Le contó todo lo sucedido a Don Juan, su sacerdote, como siempre. Este le dijo que debía convencer a Paolo de que debía dar gracias a Dios por todo lo que le estaba pasando, debía aceptar que ese era el camino que Dios le había asignado y que tal vez, era una señal de que el atletismo no era lo mejor para él y que lo mejor era dejarlo. Luciana transmitió a su hijo las palabras del sacerdote. Esto solo sirvió para llenar de rabia a Paolo. Él no compartía los pensamientos de su madre, ni siquiera le gustaba ir a misa, solamente lo hacía por ella, pero esta vez ella no estaba pensando en él ni en sus sentimientos. Correría la carrera y demostraría a todo el que dijera que no, que sí podía. Un mes después, asignaron a Paolo una pierna ortopédica. No era igual que antes, pero por lo menos no se sentía tan vacío.
El primer día de colegio, después de todo lo sucedido, fue un poco extraño, se sentía muy observado. Todos le preguntaban y eso le agobiaba. Lo mejor fue cuando Isabella se acercó y le abrazó, ella rompió a llorar y le dijo que le había echado de menos. A la salida, Carlo, Stefano, Gina, Bianca e Isabella, le dieron la noticia, habían decidido viajar a España con él. Paolo no se lo creía. Era uno de los días más felices de su vida.
Fueron unos meses muy duros. Paolo había aprendido a vivir con la pierna ortopédica, pero todo le resultaba muy difícil.
El 29 de julio, Paolo y su entrenador, llegaron a España. Paolo entrenó durante todo el año con la selección. El seleccionador, Luis, estaba realmente impresionado y emocionado con Paolo, era increíble. El 5 de agosto del año siguiente, a las nueve de la mañana, la selección llegó a la pista de atletismo, había llegado el momento. Tan solo dentro de una hora, empezaría la carrera.
Los siete participantes estaban colocados y preparados. El corazón de Paolo latía más rápido que nunca. Pensó en todas las veces que le habían dicho que no podía, que era inútil intentarlo… Luego pensó en todo el tiempo que llevaba preparándose. Giró la cabeza y vio a sus amigos al lado de Geovanni, sonrió.
El juez dio la salida. Paolo empezó el último, todos le superaban en velocidad. Realmente, él sabía que no iba a ganar, ni siquiera quedar entre los tres primeros. Todos cruzaron la meta antes que Paolo.
No ganó un trofeo, pero era más feliz que nunca. Paolo había corrido hasta su sueño y lo había alcanzado.
Después de todo, se armó de valor y pidió salir a Isabella, ella se limitó a darle un beso.



MARIO SORIA MARTÍN. ÁFRICA LLORA. ACCÉSIT. 3º Y 4º ESO. CURSO 2016-2017


Me llamo Ashanti, y hoy os voy a contar mi historia, nací en Jartum, en Sudán, aquí no llueve mucho, pero los animales son buenos, ellos nos dan de comer. Mi madre me puso de nombre Ashanti, que en nuestro idioma significagracias, soy la mayor de cinco hermanos, y dicen que gracias a mí, mi madre fue bendecida con el don de la fertilidad, me siento orgullosa de llevar este nombre. Pasé los primeros años de mi vida como las demás niñas de mi poblado, mi madre me trataba con cariño y yo, la ayudaba con la recolección de cereales, en el cuidado de mis hermanos pequeños, en la cocina, y todos los días iba a por agua al pozo más cercano, me acompañaba mi hermano Caleb, él es valiente y no le importa ayudarme. Todo parecía normal, hasta que llegué a la edad de los diez años, mi padre anunció que pronto llegaría mi día especial, que debería estar entusiasmada y contenta, pero yo no lo estaba, tenía mucho miedo, me habían hablado de lo que era la ablación, y no quería pasar por eso, muchas niñas contraían peligrosas enfermedades e infecciones, y otras muchas directamente morían debido a este ritualdivino. Mi madre no quería que me practicasen la ablación, pero mi padre la amenazaba, yo lo escuchaba todo, aunque mi madre me lo ocultaba, no sabía porqué. Mi padre intentaba tranquilizarme, me decía que no podría tener hijos, porque sería infértil, además ningún hombre querría acercarse a mi en ese estado.

Los días pasaban, y con las primeras gotas de la temporada de lluvia, llegaban las lágrimas debido al miedo que sentía. Quince días antes de miGran Díacomo lo llamaba mi padre y los ancianos de mi poblado, fui aislada junto con dos mujeres a una casa apartada del resto, ahí se estaba bien, bebía y comía todo lo que quería, además podía estar jugando todo el rato, y eso me extrañó. La noche antes de mi ceremonia no podía dormir, estaba muy nerviosa y no paraba de sudar, no quería correr el mismo destino que las demás niñas. Todavía era de noche cuando algo fuera, parecían pasos pero no era de ningún animal nocturno, eran de mi madre cargada con un montón de comida y agua y me explicó que había soñado con cuervos persiguiéndome, era símbolo de mal presagio, y no quería verme morir. Me dijo que debía de regresar a Jartúm y hacer vida allí. Tras muchas lágrimas y un doloroso adiós, me despedí de ella. Estaba amaneciendo, debía de darme prisa, corrí y corrí pasando por el pozo con agua hasta que mis piernas desfallecieron debido al agotamiento. Seguí andando durante tres días hasta que llegué a mi destino, siguiendo las recomendaciones intenté conseguir trabajo, pero nadie quería a una niña inexperta. Pasaron dos días, mis provisiones se habían agotado, al igual que toda esperanza, hasta que un hombre de tez pálida y ojos azules me acogió en su casa, vivía con más hombres y me prometió una vida mejor en Londres, muy al norte, donde llueve todos los días del año, y accedí.

Siete años después vivo con el mismo hombre, solo que ahora, le llamo Papá.